Cultura

Itinerarios de lectura: fascinación del asco

Una visita guiada por un cuento de Patricia Highsmith que se mueve entre el erotismo y la repulsión.

Por Nomi Pendzik

Me resultan tan simpáticos los caracoles de jardín que casi les perdono los estragos que perpetran en La Anita y sus huerteros. Pero no puedo dejar de sentir escalofríos cuando repaso el relato del que hoy les hablaré. Se trata de “El observador de caracoles”, de Patricia Highsmith (1921-1995), incluido en “Eleven” (1970), el primer libro de cuentos de esta genial novelista.

También en sus ediciones en inglés se lo identifica con otro título: “The Snail-Watcher and Other Stories”. En nuestro medio fue publicado a principios de los ochenta con el título de “Once”, y aclaro que la razón de tal nombre no tiene nada que ver con el célebre barrio judío de la ciudad de Buenos Aires –eso se lo dejamos al colega Marcelo Birmajer, autor de “El Once” (2006)–. El libro de la Highsmith se llama así porque sencillamente contiene once relatos, de los cuales el más famoso es el del que me ocupo en la presente entrega.

El agente de bolsa Peter Knoppert –quien discrepa constantemente con su esposa acerca de su pasión personal por los gasterópodos– queda hipnotizado por la sensualidad de dos caracoles que se aparean. Highsmith, que compartía con su protagonista la fascinación por ese viscoso pasatiempo –ella misma tenía montones de caracoles africanos como mascotas– describe los movimientos de los caracoles en ese proceso con una mirada que alterna la observación impersonal con el deslumbramiento. Para esta descripción, la autora elige sustantivos y verbos más que adjetivos –que tradicionalmente estelarizan el recurso, y más cuando están bien puestos–, y completa con comparaciones necesarias para que el lector imagine claramente las instancias de la glutinosa relación caracolera.

¿El resultado? Una mezcla de erotismo y repulsión que nos lleva a seguir adelante con el relato. Con el relato del desastre, mejor dicho, porque desde el primer párrafo sospechamos que el asunto no terminará bien. Y no nos equivocamos: Knoppert se entrega a su perversa atracción, a la que no tiene modo de ponerle freno. Aquí aparece el clásico tema de la ‘hybris’, concepto griego que puede traducirse como exceso, soberbia, desenfreno o desmesura, y que parece caracterizar a los actuales tiempos: quien se deja llevar por ella, sucumbe irremediablemente. Lean el cuento, y vean hasta dónde puede arrastrarnos una obsesión, por más inocua que nos parezca. En un principio, claro.


“El observador de caracoles”

de Patricia Highsmith

Cuando el señor Peter Knoppert comenzó a aficionarse a la observación de los caracoles, no imaginaba que los pocos ejemplares con que empezó se convertirían tan pronto en centenares. Apenas dos meses después de que los primeros caracoles fueron llevados al estudio de Knoppert, una treintena de tanques y peceras de vidrio, todos llenos de caracoles, cubrían los muros, descansaban en la mesa escritorio y los alféizares, y hasta comenzaban a extenderse por el suelo. La señora Knoppert desaprobaba todo esto enérgicamente y se negaba a entrar en el estudio. Afirmaba que olía mal, y además una vez pisó accidentalmente un caracol, lo que le causó una sensación horrible que nunca olvidaría. Pero cuanto más sus amigos y su esposa deploraban ese pasatiempo poco habitual y vagamente repulsivo, tanto más gozo parecía encontrar en él el señor Knoppert.

—Antes nunca me interesó la naturaleza —repetía a menudo el señor Knoppert, quien era socio de una firma de agentes de bolsa y había consagrado toda su vida a la ciencia de las finanzas. Y agregaba—: Pero los caracoles me han abierto los ojos a la belleza del mundo animal.

Si sus amigos comentaban que los caracoles no eran propiamente animales y que su entorno viscoso no podía considerarse un buen ejemplo de la hermosura de la naturaleza, el señor Knoppert les contestaba, con una sonrisa de superioridad, que no sabían sobre los caracoles todo lo que él conocía.

Era cierto. El señor Knoppert había sido testigo de una exhibición que no se describía, o en todo caso no apropiadamente, en ninguna enciclopedia o libro de zoología de cuantos había consultado. El señor Knoppert había entrado una tarde en la codina a buscar un bocado antes de cenar, y casualmente se fijó en que un par de caracoles, en el recipiente de porcelana sobre la escurridera, se comportaban de modo muy extraño. Irguiéndose más o menos sobre sus colas, oscilaban uno frente a otro, exactamente como un par de serpientes hipnotizadas por un flautista. Un momento después, sus rostros se juntaron en un beso de voluptuosa intensidad. El señor Knoppert se acercó y los examinó desde todos los ángulos. Algo más sucedía: una protuberancia, algo parecido a una oreja, estaba apareciendo en el lado derecho de la cabeza de ambos caracoles. Su instinto le dijo que estaba observando algún tipo de actividad sexual.

Cuando las protuberancias estaban precisamente borde a borde, un filamento blancuzco surgió de una oreja, como otro diminuto tentáculo y trazó un arco hasta la oreja del otro caracol. La primera presunción del Señor Knoppert se desvaneció cuando del otro caracol surgió también un tentáculo. “Qué cosa tan peculiar”, pensó. Los dos tentáculos se retiraron, luego salieron de nuevo y cual si hubiesen encontrado alguna señal invisible, se quedaron fijos en el caracol opuesto. Acercándose todavía más, el señor Knoppert miraba atentamente.

El señor Knoppert continuó observando repetidas veces al par de caracoles por más de una hora, hasta que primero las orejas y luego los tentáculos se retiraron, y los caracoles relajaron su actitud y ya no se prestaron atención el uno al otro. Pero para entonces, otro par había comenzado a flirtear y se iban levantando lentamente, hasta alcanzar la posición de beso. El señor Knoppert le dijo a la cocinera que aquella noche no sirviera caracoles. Se llevó el recipiente que los contenía a su estudio, y en el hogar de los Knoppert ya no se volvieron a comer caracoles.

Pasaron dos días y en la mañana del tercero el señor Knoppert encontró un montoncito de tierra desmenuzada allí donde estuviera el caracol. Con curiosidad, investigó la tierra con ayuda de una cerilla y con gran deleite descubrió un hoyo lleno de brillantes huevecillos. El señor Knoppert llamó a su mujer y a la cocinera para que los vieran. Los huevecillos parecían caviar de gran tamaño, pero eran blancos en vez de negros o rojos.

—Bueno, han de reproducirse de algún modo —comentó la esposa.

El Señor Knoppert no lograba comprender su falta de interés. Durante el tiempo que estaba en casa no pasaba una hora sin que acudiera a mirar los huevecitos. Los observaba todas las mañanas, para ver si había ocurrido algún cambio y por la noche ocupaban su último pensamiento antes de meterse en cama. Además, otro caracol estaba abriendo un hoyo. Y otros dos se emparejaban. El primer montoncito de huevos se volvió de color grisáceo y minúsculas espirales de concha se hicieron discernibles en un lado de cada uno de los huevecillos. La impaciencia del señor Knoppert se agudizó. Por fin llegó una mañana —la decimoctava después de la puesta, según la cuidadosa cuenta del señor Knoppert— en la que miró al hoyo con los huevecitos y vio la primera diminuta cabeza moviéndose, la primera diminuta antena explorando incierta el nido. El señor Knoppert se sentía tan feliz como el padre de un recién nacido. Cada uno de los setenta y tantos huevos del hoyo se abrió milagrosamente a la vida. Había visto todo el ciclo reproductivo llegar a su feliz conclusión. Y el hecho de que nadie, por lo menos nadie que supiese, conociera ni un ápice de lo que él sabía ahora, daba a su conocimiento la emoción de un descubrimiento, el sabor picante de lo esotérico.

—Pero, ¿cuándo acabará esto, Peter? Si siguen reproduciéndose como hasta ahora, llegar a ocupar toda la casa —le dijo su mujer cuando llegaron a término quince o veinte puestas.

—No se puede detener a la naturaleza —le replicó él con buen humor—. Sólo ocupan el estudio. Todavía hay mucho espacio allí…

De modo que llevó al estudio más peceras y tanques de vidrio. El señor Knoppert fue al mercado y escogió a algunos de los caracoles de aspecto más animado y también un par que vio apareándose sin que el resto del mundo se fijara en ellos. Más y más nidos aparecieron en la tierra en el fondo de los tanques y de cada nido salieron arrastrándose, finalmente, de setenta a noventa caracolitos, transparentes como gotas de rocío, deslizándose hacia arriba más bien que hacia abajo de las tiras de lechuga que el señor Knoppert se apresuraba a poner en los nidos a modo de escaleras comestibles. Los apareamientos eran tan frecuentes que ya ni se preocupó de observarlos. Podían durar veinticuatro horas. Pero nunca disminuía la emoción de contemplar aquel caviar blanco convertirse en conchas y empezar a moverse, por mucho que lo viera y volviera a ver.

(Versión completa disponible acá). 

 

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